Cien pasos urbanos
Capítulo IV
Ectoplasma casi metafísico
En poco más de cuarenta minutos había realizado tres fotografías y había incorporado a mi locura diaria a un personaje que se encontraba feliz por lo que estaba viviendo…
.- Parece usted contento Don Alberto
.- No le voy a decir que no lo estoy. Esta mañana, pensé que el día volvería a ser como todos. Y eso no me hacia estar contento precisamente.
.- Todos los días pueden ser diferentes, ¿no cree?
.- No sé qué decirle. Lo que sí está claro, es que cuando lo vi fotografiar aquellas ventanas, todo cambio radicalmente.
.- Sepa usted, que haberlo encontrado es también un motivo de alegría por mi parte.
Mientras caminábamos, nos íbamos conociendo a través de pequeños detalles. Pero a menos de un centenar de metros de la vieja estructura de madera con techo de lata, me empezó a contar de su descubrimiento…
.- Una mañana, me encontraba apurado con unas ganas de hacer pis que no sabía cómo contenerlas…
.- ¿No podía entrar en un baño público o en el de un bar?
.- Aquí, se paga. Y pagar doscientos pesos o trescientos, es el coste de tomarse un café o un té en los puestos de la plaza.
.- Ah… entiendo, puestos a elegir. Y que hizo entonces…
.- Había visto que otros se habían colado en las viejas instalaciones para orinar. Así que hice lo mismo. Al terminar quise “intrusear” (1) un poco y me sentí observado.
.- Caray. ¿Había alguien más?
.- No exactamente. El caso es que notaba como una presencia extraña. Algo difícil de explicar.
.- ¿Como… una sensación?
.- Mas o menos.
.- Pero mejor que entremos juntos y me dice usted si siente lo mismo.
.- Pues entremos a ver qué pasa.

Reconozco que no soy nada susceptible por lo que se cuenta. Es más, soy escéptico por naturaleza. Más o menos como Santo Tomás… “Si no lo veo no lo creo”.
Antes de entrar en el viejo cobertizo Don Alberto me comento que desde que nos habíamos conocido, su memoria le traía constantemente detalles de su barrio. Pasadizos, escaleras, casas estrechas, casas centenarias de madera. Y que mañana no podría enseñármelas, pero para el día siguiente me tendría una pequeña ruta de descubrimientos.
.- Pues nada amigo. Los veremos juntos. Pero antes vamos a enfrentarnos con este misterio.
Una vez dentro, me enseño el lugar donde empezó a sentirse como incomodo. Y os puedo asegurar, que en un principio también sentí cierta sensación de estar bajo los efectos de una mirada muy profunda. Como esas clásicas de los hipnotizadores. Entonces descubrí un contorno en la pared. Realmente era sorprendente el efecto que causaba.
.- Esa silueta… asusta.
.- Pues tiene usted más razón que un santo.
Al acercarnos, y observarla con más cuidado, no supimos discernir el origen de la misma. La figura tiene la misma envergadura que una persona adulta, con una estatura sobre el metro setenta. Todo son suposiciones, pero al alejarnos, le dimos una última mirada y nos pareció ver al mismísimo “Diablo” riéndose de nuestra incredulidad. Desde ese día, Don Alberto no ha vuelto a desprenderse de sus aguas menores a menos de que sea campo abierto por si hay que salir por piernas. Y yo, pues no sé. Sigo como santo Tomás. Pero la imagen me deja lleno de dudas, por aquello que dicen que una imagen y más si la hace uno mismo, vale más que mil palabras.
Al salir, me despedí de Don Alberto y quedamos en vernos en cualquier momento.
Continuara…
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“Cien pasos urbanos”
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Jan
Puerta 2009
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